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sábado, 18 de mayo de 2013

Sueños de un Pentecostés


El rostro de uno de los más de 150 menores que asisten al Comedor Infantil.
Los fines de semana son para muchos el escape de la rutina exhaustiva, del trabajo o los estudios y por tal motivo sería imperdonable hacer lo contrario. Pero para otras personas como Marisol, las tardes de los sábados están destinadas específicamente hacia una sola labor: alimentar a niños y niñas.

Al filo de las 2:00 pm las puertas de la Casa Cultural de la Comunidad Las Palmas son abiertas para un grupo de personas que van con toda la disposición de preparar ricos platillos para alrededor de 150 niños, niñas, jóvenes, ancianas y mujeres con sus bebes en brazos que se abocan a este lugar por la necesidad que pasan en sus casas pues esta comunidad es una de tantas comunidades marginales en el área metropolitana de San Salvador.

Aquella tarde no era la excepción y el menú a degustar sería picado de carne con verduras acompañado de arroz blanco, dos panes franceses y refresco de jamaica. El personal que se necesita para que el alimento sea una obra de arte culinaria está liderado por Marisol, una señora con tono de voz serio, robusta y  expresión serena en su rostro. Casi siempre se hace acompañar de Randy, su hijo, quien es el administrador de este proyecto comunitario que se conoce con el nombre de “Comedor Infantil de la Comunidad Las Palmas” o “el Comedor” a secas, como los niños lo nombran cuando hablen de él.

Las labores de preparación comienzan pronto y para realizarlas Marisol no está sola pues dentro de este equipo de mujeres cocineras también está Ana Miriam, María Isabel y Roxana, una de las más jóvenes y quizá esta sea la justificación más sencilla para explicar su inagotable sentido del humor, jovialidad y carisma con el que abarca toda el área de la cocina a la vez que hace menos tediosa y tolerante el arduo trabajo de cocción del alimento.

Este equipo se complementa con el apoyo que reciben cada sábado de los integrantes de los diferentes grupos de la Iglesia La Sagrada Familia, parroquia que se encuentra dentro de la comunidad. También cuentan con la ayuda voluntaria del equipo de Catequesis y los jóvenes que lo integran.

Marisol (al frente a la izquierda) y Roxana (atrás) preparan el menú del día.
Son casi las 3:15, la cocina está a todo vapor, los voluntarios de esta jornada lavan los platos y vasos donde se sirve el alimento mientras otros barren, limpian y colocan las 13 mesas rojas y otras 9 mesas más pequeñas para los niños con sus respectivas sillas de madera del mismo tamaño.

El reloj avanza y todo esta impecable, en orden y a tiempo para cuando sea el momento de la repartición de la comida. Aprovecho esta pequeña brecha de descanso para platicar con Marisol. Ella, según me relató, es voluntaria desde hace un poco más de dos años y sintió el llamado al servicio al ver que el proyecto no contaba con personal permanente para la preparación de los alimentos y vio la posibilidad de poner a disposición sus habilidades en la cocina y así colaborar cada fin de semana.

- Uno lo que viene a hacer lo hace de corazón no de mala gana - es lo que respondió cuando pregunté sobre lo que significa para ella dar de su tiempo al servicio de otros y a su vez dice sentirse “agradada” al ver que los niños se van contentos después de haber recibido ese poquito de esperanza servida en un plato caliente. – Espero que se motiven a colaborar para que el comedor no desaparezca – dijo en respuesta a la necesidad de fondos, víveres y voluntarios que ayuden a mantener esta obra que, como ya antes me había contado su hijo y administrador Randy Ortiz, todo es un sueño que nació en la imaginación del Padre Dean Brackley, un sacerdote jesuita que falleció hace unos meses atrás.

Randy, al igual que el equipo de catequesis el cual también preside, se siente comprometido con esta obra de amor que llega a los niños y niñas más necesitados de esta comunidad y sobre todo anhela que el Comedor prospere pasando de un funcionamiento únicamente sabatino a brindar un servicio todos los días de la semana.

La inauguración oficial del proyecto fue un día 30 de mayo del 2009, era sábado pero no un sábado cualquiera pues la iglesia católica celebraba “Pentecostés” conmemorativo a la venida del Espíritu Santo. Pero sus raíces se remontan meses atrás cuando se alimentaba únicamente a los niños y niñas que asistían a las clases de Catequesis que se imparten en las instalaciones del Centro Escolar Republica de Canadá, la escuela local de Las Palmas. Lidia Rivera, una de las catequistas de ese entonces, menciona que antes de convertirse en un Comedor Infantil como tal nada más se entregaban “refrigerios fuertes” con el objetivo de alimentar sanamente a los niños que asistían a catequesis y pensando también en su nutrición pues la mayoría son de escasos recursos económicos y lo poco que llegan a consumir en sus hogares no alcanza a sustentar sus necesidades. Con el tiempo la idea fue tomando fuerza y se comenzó con la adquisición de platos, vasos, una cocina y utensilios necesarios para la preparación del alimento. Esto se logró gracias a la intervención del Padre German Rosa, párroco de la Iglesia La Sagrada Familia, quien recaudó bonos de gente altruista y también gracias a la ayuda que se obtuvo de un colegio en los Estados Unidos. Así comenzó a palpitar este sueño que ahora está por cumplir tres años consecutivos (actualmente cuatro) entregando platos de comida, dibujando esa tierna sonrisa en los rostros desprotegidos de cientos de niños que no reciben solamente alimento sino ese cariño que en sus hogares talvez no existe. Todos son atendidos con respeto, con amabilidad y al final salen satisfechos, felices y con el entusiasmo de volver ya que, como todos los colaboradores manifiestan: - ellos se te acercan y te dicen que habrá el próximo sábado cuando apenas es lunes -.

Los primeros en llegar para recibir sus alimentos.
Afuera de la Casa Cultural ya se escucha el murmullo de vocecitas impacientes y algunos que tocan el portón reclamando el ingreso pero aun no es tiempo. Son las 4:50, momento en el cual todos se reúnen para hacer la oración hacia nuestro creador y pedir por los alimentos que los niños están por tomar. Reunidos en el patio cerca de los lavaderos formamos un círculo y uno de los voluntarios pide que alguien dirija la oración e inmediatamente un señor se ofrece, aunque al momento en que pronuncia la primera palabra, otra señora con una voz más potente lo hace desencadenando una letanía de peticiones que emanaban de los corazones de todos los ahí reunidos. Era difícil entenderles a todos y preferí observarlos y guardar silencio hasta que comenzó el “Padre Nuestro”. Concluido el acto de bendición y agradecimiento, todos toman posiciones: las señoras  cocineras comienzan a servir la comida en los platos, otra lo hace sirviendo el refresco, algunos jóvenes toman las bandejas donde van colocando los platos y las bebidas, dos más toman un jabón líquido y una toalla para que los que ingresen pasen primero a lavar sus manos y luego a buscar su asiento.

A las 5:00 pm todos se abocan a la entrada de la Casa Cultural para tomar su alimento.
Randy se ubica en la entrada y de cinco en cinco, comenzando con los más pequeños, hacen el ingreso al lugar y esperan un momento hasta que todos hayan entrado para hacer la oración por los alimentos, cosa que no es fácil pues como se imaginarán, tratar de hacer silencio en medio de un mar de infantes es cuestión de mucha paciencia. De la oración apenas recuerdo el inicio, “Señor Jesús…” quizá porque estoy más pendiente del ajetreo en la cocina. En cuestión de minutos las bandejas cargadas de platos que a su paso enamoran con su olor van quedando vacías al mismo tiempo que se va completando la primera sección donde se ubican la mayoría de los niños pues la Casa Cultural cuenta con un patio trasero donde la gente espera por su alimento. Cuando todos lo han recibido ya está un equipo listo esperando los trastos ocupados por los niños aunque, nunca faltan aquellos que con humildad y pena preguntan si aún queda un plato disponible para saciar su hambre.

Es irónico que un trabajo de un poco más de dos horas sea devorado en media hora aproximadamente pero para todos los voluntarios eso es lo de menos ya que se sienten complacidos por haber entregado alegría en ese plato que sirvieron y que rara vez queda alguna sobra.

Los que van terminando se disponen a salir sin embargo, algunos tratan de escabullirse y pasar hacia el patio pues ahí hay juegos y a veces una pelota con la que se divierten ignorando las peticiones de los voluntarios para que se retiren. Por fin lo hacen y, tal como al inicio, el trabajo vuelve a empezar limpiando, barriendo, ordenando mesas y sillas, lavando el ejército de trastos que sobran de lo que fue el picado de carne con verduras.

Los jóvenes de CreEs (Crecimiento espiritual) se encargan de la logística y la limpieza luego de cada actividad.
El movimiento es constante y no termina hasta que todo vuelva a quedar tal como lo encontraron pero, también tienen su recompensa, porque al finalizar con la rutinaria limpieza los jóvenes y  voluntarios alcanzan a probar, (y digo alcanzan porque no es así siempre) lo que queda de la preparación del día. Justo premio por semejante labor.

Ese es un día sábado para estas personas que dejan el ocio, los compromisos y el quehacer en sus hogares para dar de su tiempo a los más necesitados. Sin embargo, los protagonistas de este relato no son Marisol, Randy, Ana Miriam y los demás jóvenes que colaboran para echar a andar el proyecto sino que el autor principal de este sueño que vio luz por vez primera en Pentecostés son los niños y niñas de la comunidad, esos que van en busca de lo que nadie les ofrece, que esperan una semana impacientes por saber que les aguarda en ese plato preparado con amor. Ellos son los artífices de esta obra que hace casi tres años (ahora cuatro) se abrió para todos y todas y que espera seguir creciendo por voluntad de Dios y de aquellos que se sientan llamados a servir pues como dice el emblema de este Comedor Infantil, sus voluntarios seguirán <<Alimentando con amor solidario a los niños y niñas de la Comunidad Las Palmas>> mientras el sueño no muera y la voluntad de dar exista.

Jóvenes de CreEs dirigiendo la oración por los alimentos.
Yesenia, una joven voluntaria alimenta a una de las niñas más pequeñas que asisten al Comedor.


jueves, 9 de mayo de 2013

La Magdalena


Ahora me avergüenzo de mi forma de rezar. Todas las mañanas, luego de tomar mis llaves, el teléfono, mi mochila y asegurar las puertas de mi hogar, converso con Dios Padre abriendo mis manos, cerrando intermitentemente mis ojos que se clavan en el cielo y todo antes de despedirme del vacío que dejo tras la entrada principal.

Un minuto, no más. El tiempo siempre se reduce a una mísera fracción pues, mientras saco mi lista de peticiones, pienso en las clases, las tareas pendientes, la cena de anoche, los desechos del perro y cualquier mal que me distrae inquietándome. Por fin termino la micro letanía sin esperar la respuesta divina. Es como si el Dios que profeso fuese el operador telefónico de la comida rápida y yo el cliente que ordena exigiendo con orgullo inherente.

Allá va mi alma despavorida tiritando por el mal de cada día, esa sensación que nos inyectan a diario acerca de la muerte a mano armada o a manos de alguna jaula de metal y su nómada en el volante. Aunque no quiera, dejo mi integridad en la fortuna o desacierto de uno de ellos. Abordo la jaula con menos de diez minutos antes de la hora de mi primera clase. Sigo resintiendo el dolor en mi pie derecho, pero el arranque me arrastra hasta los asientos de atrás.

Ahí caigo como un clavo empujado por el azar. Junto a la ventana hay una mujer que parece dormida. Me siento tratando de acomodar mis piernas que son demasiado largas para el espacio entre los asientos. Hasta ese momento el viaje no vale la pena ni recordarlo, sin embargo bastó con verle sus manos que aprisionaban un rosario de color café quemado para despertar de golpe.

La mujer que creí dormida realmente rezaba. Sus ojos sumergidos en la oscuridad debajo de sus párpados develaban la devoción de cada Ave María. Su cuerpo ligero simplemente flotaba con el movimiento del armatoste. No se inmutaba ni respondía al ruido exterior. Ella solo rezaba, aprisionaba su camándula y rezaba.

El resplandor del sol entraba por la ventana y cubría su blusa verde con el calor atenuado de las 8:25. A mitad de mi ruta abrió los ojos, quizá porque sintió el roce de mi pierna en una de las curvas. Ahí aprecié toda su belleza natural. Su rostro iba acompañado de un maquille vistoso pero no excesivo. En sus piernas cargaba una cartera de cuero lustrado negra, una bolsa de tela del mismo color y una botella con agua con menos de la mitad. Volvió a concentrarse, tomó una de las bolitas de madera y la presionó entre su dedo índice y el medio.

El bus se detuvo en una de sus paradas. Observé la simpleza de su peinado recogido en una cola. Su pelo teñido brillaba con nitidez. Era una mujer muy cuidada. A lo mejor treintañera, soltera pero trabajadora. De esas pocas mujeres que inspiran decencia, que ilusionan a un hombre, que enorgullece a su madre, un ejemplo de fémina virtuosa.

Más adelante, cuando ella bajó del bus y tomó su camino, la llamé Magdalena. La Magdalena, virgen joven, iluminada de forma natural; así era La Magdalena que iba a mi lado. Rezaba por sus aflicciones, imploraba por su familia, buscaba el perdón en cada Padre Nuestro y suprimía de su rezo el bienestar propio. No sé cómo es que lo sé, pero estoy seguro que eso era lo que su silencio decía en conversación íntima con el Dios de los penitentes.

La Magdalena ha acabado sus plegarias. Deja de presionar su camándula y la guarda en su cartera de cuero lustrado. Deja ver el iris de sus ojos y de paso veo sus manos blancas y en la punta sus uñas color ocre. Sigo observando sus dedos delicados adornados nada más con el tinte artificial. Recoge de sus piernas ambas bolsas, una de ellas, la de tela, parece un poco pesada. Se prepara para salir.

Minutos antes de despedir con la mirada a La Magdalena, quito mi vista de su hermosa escultura femenina. Comienzo a recordar que en mi casa guardo tres camándulas. Dos de ellas las compré en las afueras de la Ceiba de Guadalupe y la otra me la dieron mis tíos el día que hice mi confirma. Ellos eran mis padrinos. Voy más lejos en mi memoria y apenas logro traer al presente la última vez que tomé el rosario y recé. Fue en bachillerato, en clase de orientación cristiana.

La Magdalena se levanta con dificultad pues carga con demasiado. De espaldas a mí y frente a la puerta de salida la veo con su blusa verde y su pantalón negro ajustado a sus piernas. De pie su presencia es más notable, su cuerpo macizo sería el orgullo de cualquier conquistador. Por fin oigo su voz. Es dulce, melódica como la de cualquier joven con apariencia de treinta. Saluda a una señora al costado opuesto del asiento donde me acompañó no más de diez minutos. El bus se detiene y ella se baja despidiéndose de la señora y la pierdo de vista.

Olvido por un momento seguirla con la mirada en su ruta laboral. Prefiero meditar el tiempo que duró su presencia y pensar qué haré ahora que ya no está a mi lado. La Magdalena, divina mujer virgen para mis ojos, se ha ganado mi aprecio, un sincero respeto y añoranza de coincidir una vez más para que me enseñe cómo rezar en medio de la hostilidad, cómo meditar frente a los problemas y al mismo tiempo ignorar que una persona te observe mientras dejas tu intimidad en la fe religiosa.

lunes, 6 de mayo de 2013

Escuálido

A finales de abril se dejó venir. Así se pintó el tapiz de nuestras cienes como un velo de ancho grosor que bañaba los arriates y arrabales. La bendita madre ciencia falló en sus augurios. Todo ha comenzado nuevamente. Nos abraza el sol; nos alimenta el agua.

Aquí en el inframundo se respiran moscas y se tragan zancudos. La naturaleza se ensaña con los mil veces castigados. Pero quién es la naturaleza. La naturaleza no es la sencillez de las cosas hoy en día. Tampoco es natural el mandante y el peón, la patrona y la sirvienta, el empresario y el obrero. La naturaleza es todo sin degradación.

Lo natural es puro en esencia, no se pudre solo madura y vuelve a florecer. Pero qué tiene de puro explotar nuestra tierra, quemar nuestro aire y curtir nuestras aguas. Qué tendrá de puro matar de hambre al pobre y engordar de promesas al ignorante. ¿Esa es la naturaleza primitiva de la cual todo comenzó?

Mi trozo de país camina a ser el desierto de Centroamérica. El agujero negro, el botadero regional, un simple terreno marchito. Ya nada es tan puro como antes. Alimentamos al desnutrido con la cosecha del valle de Zapotitán, una cosecha que crece con las aguas metalizadas en plomo, arsénico y zinc.

En los tugurios más inhóspitos el estudiante bebe agua de pozos atestados de eses por las fosas de las casas de cartón. Y si no beben de un pozo se engullen el agua potabilizada con los metales pesados y fertilizantes del rio Lempa. El mal no se ve, no se siente pero lo conocemos y lo dejamos pasar.

Aquí en los arrabales compramos del mercado nuestras verduras, aquellas del valle de Zapotitán, el queso de contrabando y las gallinas secas que se atragantan con sus excrementos y el concentrado. El que puede va al Super en los días de oferta. Compra la carne, los chorizos, el jamón o la mortadela. El pollo inyectado con hormonas, las frutas manipuladas genéticamente y todos los productos enlatados rellenos de experimentos, y nosotros el chivo expiatorio.

Los de saco y corbata, los que nunca andan a pie sino solo en campaña electoral, se nutren del producto importado de los restaurantes que colonizaron los suburbios más elegantes. Se comen el mundo. Sí, el mundo entero. El churrasco traído de argentina, la pasta italiana, el sushi asiático, el arroz cantonés chino, etc, etc. Se comen las manos de muchas personas, el sudor de los peones de otros países, la riqueza de naciones que al igual que nosotros, están siendo minadas por corporaciones foráneas o por sus gobernantes.

Las quebradas pestilentes ven pasar la primera correntada. Ahí van los zancudos de la fiebre amarilla, el dengue. Hasta las desembocaduras bajan los desperdicios de los arrabales, las llantas de las fábricas, el plástico de las empresas, los electrodomésticos de las industrias. Ahí va toda la basura de nuestro consumo enfermizo. Solo es basura dice el inconsciente, cuando la verdad es que esa basura podría ser nueva vida.

El agua arrecia en la tarde noche. La carretera recién remodelada la estrenaron con un múltiple accidente de película. Como en la mayor parte de los casos, un autobús. Esas chatarras que casi llegan al nivel de carretas son las que tiñen el aire del gas mortífero para la flora, la fauna y nuestros pulmones. A la par de estos monstros de latón están las fábricas que vomitan al aire sus contaminantes.

Mientras llueve las familias de los arrabales cercanos a las quebradas pestilentes no despegan el ojo del caudal. En cualquier momento rebalsa y puede llevarse sus casas de cartón hasta las desembocaduras para hacer más abultada la colección de desechos. La gente le echa la culpa al suelo, pero el suelo solo reciente el peso de la densa población, de las construcciones improvisadas y la erosión inducida por nuestra propia cuenta.

Y cuando las tragedias pasan, el luto llega a estas familias. La prensa habla de fatalidad, de desastre y por poco del Armagedón. Pero olvidan que si estas familias son vecinas de los barrancos es porque en el país hay más proyectos urbanizadores de clase alta que proyectos para gente que vive con plásticos y pilares de madera. Hay más construcciones en centros comerciales que rapan los espacios verdes y se deja de lado la necesidad de una vivienda digna para los marginados.

Al día siguiente el sol nos vuelve a freír en seco. La madre ciencia pronostica el inicio del invierno para mediados de mayo, pero la reina dominante aparecerá antes de lo previsto. El calor nos sofoca, nos asfixia y nos provoca ceguera al ver reflejar la luz en el vidrio de los autos y en el pavimento que parece ondear como una bandera en su asta.

Ya estamos en mayo. El jueves la lluvia arreció con el poder de los rayos y el domingo nos cobijó en las horas de sueño regalándonos una velada fresca. Esa expresión fluida es la naturaleza. Implacable, impredecible y espontánea. El sistema más perfecto, mucho más que la estafa del sistema financiero, la política o la ciencia. Esa sincronía está en peligro gracias al vandalismo de nuestras ambiciones.


Nuestra reina madre del sustento ha cambiado por la búsqueda de nuestro “progreso”, las nuevas tecnologías y el sistema capital avaro y mercantilista. Este trozo de país es un grano de arena en este planeta explotado, sin embargo este espacio es el único bien que poseemos desde que venimos a este mundo. No hay reemplazo, no hay donde ir. Mientras el mundo no tenga equilibrio, nuestro futuro de “desarrollo” no será más que el camino hacia la pudrición y no hacia la madurez y el nuevo florecer.

martes, 19 de febrero de 2013

No, no basta rezar



“No, no, no basta rezar 
hacen falta muchas cosas 
para conseguir la paz, 
no, no, no basta rezar 
hacen falta muchas cosas 
para conseguir la paz”


En un mediodía caluroso de sábado, estaba frente al monitor de mi computadora cuando mi abuela, como si se tratase de una injuria, me dijo que le bajara el volumen a una canción de Los Guaraguao que se escuchaba atenuada. –Bajale que a los mareros no les gusta esa música. -, -va que es de la guerrilla – dijo mi abuela a regañadientes. Mi sorpresa fue tanta que no sabía que decir. Estuve en silencio unos segundos y solo logré decirle “ya no estamos en guerra”.

Y es que una cosa no tiene que ver con la otra, ¿o sí? La paz firmada en el 92 le dio paso a la transformación de las instituciones de gobierno. Nacieron nuevas y se desintegraron otras. Las FAES se depuraron, el espectro político dio la bienvenida a la primera guerrilla en el mundo que se convirtió en partido político (FMLN), la democracia se echó a andar y el sistema de “libertades” quedó bajo la cautela de organismos estatales y acuerdos internacionales.

El andamiaje neoliberal hizo del país uno más de sus enclaves, la inversión extranjera llegaba más seguido y el libre mercado daba credibilidad temporal al supuesto de Cristiani sobre “la teoría del rebalse” (de todos conocida que por muy estupenda que sonaba, la copa de arriba no tenía fondo y las de abajo se llenan a cuenta gotas). Así nos alejábamos de las balas para encaminarnos a la bendita paz que tanto anhelamos. Y ahora, ¿dónde está?


“Y rezan de buena fe 
y rezan de corazón 
pero también reza el piloto 
cuando monta en el avión 
para ir a bombardear 
a los niños de Vietnam, 
para ir a bombardear 
a los niños de Vietnam” 


Acabó la “guerra fría”, el fin de la historia para algunos teóricos, pero para mí, es el inicio de una etapa unipolar construida desde el siglo anterior. Desapareció el oso gigante del este y con él la utopía del comunismo, Marxismo, Leninismo, Estalinismo y toda corriente que se le parezca. Ahora, en nuestra era, los que marcan el paso de una alternativa al universo unipolar se hacen llamar castristas o chavistas, social- demócratas, socialistas del siglo XXI y su conjunto que defienden un gobierno social mientras rechazan firmemente los oligopolios y el dominio privado. Claro está, no son los únicos, pero sí los más relevantes en nuestras tierras latinoamericanas.

Los llevo a navegar un poco por la historia para reflexionar sobre nuestra posición como país en base a nuestra experiencia de salvadoreños, o salvachucos, a mi léxico propio. La guerra civil entre 1980 y 1992 fue la expresión del descontento social de un país explotado por el puño de los terratenientes, aminorado por el abuso de los regímenes militares y, finalmente, saqueado gracias a las oligarquías y élites simpatizantes del capital en la época contemporánea.

Bajo este contexto se desplazan muchos de los cambios en nuestra tierra de barro y café. La guerra de las extremas, de los dos mundos separados por la desigualdad en riqueza, continúa a pesar de las reivindicaciones sociales de los últimos años. Es, como dicen muchos periodistas y hasta empresarios, “darnos atol con el dedo”. La deuda con el pueblo es grande en términos superlativos. No solo implica el desequilibrio económico, la impunidad de las leyes, el desarrollo en la educación y servicios estatales. El problema también es con el estigma, el pasado que decidieron dejar en el olvido, los que nunca fueron reconciliados y ahora viven con el miedo y el odio de ayer.


“Cuando el pueblo se levante 
y que todo haga cambiar 
ustedes dirán conmigo 
no bastaba con rezar, 
ustedes dirán conmigo 
no bastaba con rezar” 


Creo firmemente en la voluntad del pueblo, creo en el poder de la voz, el poder de la denuncia y de la organización. Hemos demostrado saber batallar contra el sistema, hemos visto mártires que marcan con su sangre el camino de la verdad, pero no hace falta otra guerra para volver a pelear por lo que es nuestro. No hace falta ver más héroes anónimos o mártires para alzar nuestras cabezas y exigir justicia imparcial.

Lastimosamente, a nuestros ciudadanos nadie los reconcilió en paz, nadie pactó un acuerdo social, nadie garantizó la reparación de los daños causados por aquel conflicto de clases, nadie priorizó en la generación futura, la de postguerra, la que hoy sigue creciendo con el germen que no pudo ser combatido a tiempo. Ese germen venenoso es el de la violencia. La violencia en todas sus expresiones, desde el núcleo familiar o más bien desintegrado, hasta en las partidocracias que se difaman y amenazan en el Salón Azul.

El germen masivo de la violencia nos mantiene distanciados como un imán soberbio, y al mismo tiempo nos ahuyenta por el miedo represivo a ser víctimas de él. De ahí nacen los estigmas hacia el proletariado, aquellos que viven a las puertas de barrancas, de arrabales, quebradas y líneas férreas, o aquellos que yacen en el olvido entre fincas y cafetales. Este pueblo, que es la mayoría, una mayoría pobre, es el que sufre el efecto secundario de las heridas del conflicto armado, ahora transformado en un conflicto social.


“En el mundo no habrá paz 
mientras haya explotación 
del hombre por el hombre 
y exista desigualdad, 
del hombre por el hombre 
y exista desigualdad” 


La década de los noventa vio nacer una nueva forma de violencia y también una nueva forma de explotación. La burocracia de entonces (los viejos ricos de hoy) dijeron “este es el progreso” alzando su mano derecha y puño cerrado, mientras que con la izquierda entregaban nuestros bancos, nuestra energía, nuestra agua, ríos y montañas. Entregaron las riendas de nuestros recursos naturales, nuestra tierra y sustento. Mientras ellos defendían la afamada libertad como única opción de paz, el pobre excombatiente comía plomo de sus balas rezagadas. El guerrillero mordía su bandera roja en señal de descontento y arriba las partidocracias comenzaban a engordar sus bolsas.

Inventaron una “Ley de Amnistía” para librarse del mal, los fueros, los beneficios de ser un “padre de la patria”. Crearon un fantástico sistema de impunidad del cual todos aprendimos. El país atendió a la frase “perdón y olvido” como abejas sosegadas por la luz de un candil. Nos vendieron el desarrollo, modelos de otros países y hasta el “dólar” como el santo grial para nuestra desdicha. Los tentáculos de la élite funcionaban a la perfección. El aparato ideológico hacía su parte: menos cultura y más progreso, menos preguntas y más progreso, menos información y más progreso.

El velo de la ignorancia que cargamos los salvachucos es tan longevo como nuestras raíces. La educación, para la élite, es peligrosa. Nos privaron de leer, de aprender a aprender, de investigar, de conocer nuestra cultura e incluso la eliminaron para que no nos interesara otra cosa más que el progreso, el sueño americano, las urbes europeas, los malls, el mercado, las ofertas y las marcas. Nos arrinconaron en un pequeño mundo plástico, mientras su discurso proclamaba el libre albedrío.

Su sistema gobernante, la apatía para resolver los conflictos de la postguerra, la pobreza, el analfabetismo y el sometimiento para no conocer la verdad fueron la cuna para los inmigrantes repatriados, aquellos que corrieron de las balas, pero que se enfrentaron a la pesadilla del norte. Sus cuerpos regresaron tatuados, sus mentes corrompidas y sus sueños truncados. Volvieron al valle de las hamacas para reproducir lo que el imperio norteamericano les enseñó en sus calles. Aprovecharon las rajaduras de nuestro pueblo para reclutar a los hijos de la guerra, agrupar a los huérfanos y enfrentarnos a otro tipo de guerra, la de las pandillas.


“Nada se puede lograr 
si no hay revolución 
reza el rico, reza el amo 
y te maltratan al peón, 
reza el rico, reza el amo 
y te maltratan al peón” 


Cuando mi abuela me reclamó quitar esta canción, realmente hizo alusión a dos cosas que resultan venir del mismo vientre. Su experiencia con la guerra demuestra ser tan similar a la experiencia de la violencia que hoy se vive en cualquier rincón de este pulgarcito. No fue una simple confusión sino una relación directa con la violencia de antes y la que hoy cobra miles de vidas por año. Es alarmante pensar en que nuestra sociedad de postguerra vive como si el conflicto jamás hubiese terminado, ¿o es que aún persiste? La evidencia parece decir que sí.

Veintiún años después de acordar el cese al fuego, las balas siguen desangrando a los hijos y nietos de la guerra. Muchos, al igual que yo, intentamos entender las tres décadas pasadas, hacemos conjeturas, buscamos la verdad en las pocas fuentes que se encargaron de atar cabos y denunciar los crímenes de lesa humanidad. Muchos, como yo, aún se preguntan si la paz se firmó con tinta o con sangre, si se cerraron todas las heridas o aún existen verdades a medias o mentiras completas. Lo cierto es que mi generación está obligada a remontarse a sus raíces, a conocer la verdad, a hacer justicia, anunciar, denunciar y no esperar a que los mismos de siempre nos digan cual es la versión completa. Nuestro compromiso es reparar y nunca olvidar, actuar y no simplemente rezar.




martes, 29 de enero de 2013

Mineros a cielo abierto

La contaminación ambiental es palpable en todo el territorio nacional. Pero la más evidente es aquella que por apatía cultural hemos practicado durante generaciones. Este es el caso de los desechos sólidos y su mal tratamiento. Sin embargo, detrás de dicho problema ambiental, están sepultados los anhelos de cientos de pepenadores, que al igual que Silvia, buscan entre los promontorios de basura el diario vivir. Los rellenos son sus minas, y el material reciclable el oro más abundante pero uno de los menos remunerados y más peligrosos para la salud y el ecosistema.

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Los camiones de basura no han dejado de pasar desde las 5:00 am, hora en que Silvia y sus jóvenes pupilos aguardan en la calle polvorienta que da acceso al relleno sanitario de Nejapa. Ella junto a un grupo de alrededor de 15 menores se abalanzan a cualquier camión que transita en dicha calle con ruta al relleno. No portan más que unas bolsas plásticas y algún otro, con suerte, ha logrado colocarse trapos viejos en las manos y al contorno de su boca y nariz para repeler la pestilencia de los lixiviados que se desparraman a medida el camión se desplaza tambaleándose por la calle polvosa.

Silvia vive en una casucha en el desvío hacia el relleno sanitario de Nejapa, sobre el kilómetro 27 ½ de la calle Quezaltepeque. Ahí descansan todos sus chicos a los que ella cuida como hijos propios. A sus 45 años, dice sentirse en la obligación de velar por cada uno de ellos. –Aunque unos tienen a su nana, yo aquí les doy donde estar y vemos como sacamos para comer – Silvia ya no está en condiciones de montarse en un camión recolector de desechos en plena marcha y mejor espera en su hogar que carece de techo y donde las paredes a leguas se notan deterioradas. No le queda más que encargarse de la clasificación del material que los chicos recogen.

Al momento de encontrarlos, los menores –de edades que rondan entre los 11 y 25 años – departían sobre una esquina y jugaban naipes, parecían entretenerse. La presencia de menores de edad en estos lugares no es un fenómeno nuevo pues en 2002, un estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) junto al Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC) presentó evidencias de dos botaderos a cielo abierto –el de Mariona en Apopa y el de Cutumay Camones en Santa Ana – donde comprobaron la presencia de niños entre 10 y 12 años escarbando entre los desechos hospitalarios y radioactivos. Por tanto, ellos  catalogaron la pepena de basura como una de las peores formas de trabajo infantil debido a las condiciones de insalubridad que se viven en dichos lugares.

Ahora, el panorama no es diferente en este relleno sanitario, antes botadero a cielo abierto. Entre los años de 1992 y 2001 la cobertura en el servicio de aseo -según el censo de desechos sólidos realizado en 2001 por el Ministerio de Medio ambiente y Recursos Naturales (MARN) – era de 182 municipios y fue incrementando a partir del 92 a razón de 5 municipios por año. Esto acrecentó la proliferación de botaderos municipales que no cumplían con los estándares de protección hacia el medio ambiente y la población aledaña a la zona. Para 1998 se aprobó la Ley del Medio ambiente la cual pretende revertir el efecto de estos botaderos clandestinos mediante el asocio público-privado, los municipios y los habitantes en general.

Sin embargo, en dicha legislación no se contempla la existencia de pepenadores dentro de los botaderos a cielo abierto, ni mucho menos se habla sobre medidas de protección para quienes le dan tratamiento a los desechos. Un año después, en 1999, se crea MIDES, una Sociedad de Economía Mixta con participación de inversionistas privados y un consejo de alcaldes del área metropolitana conocido como COAMSS. A partir de entonces, este consejo conformado por 14 alcaldías inició un proyecto para la construcción de un relleno sanitario que cumpliese con todas las normas ambientales internacionales para el desarrollo de un programa de Manejo Integral de Desechos Sólidos (posteriormente se convirtió en un reglamento vigente desde el 2000). Es así como el botadero a cielo abierto de Nejapa pasó a ser un relleno sanitario administrado por MIDES y sus alcaldías asociadas, alcaldías que hoy infestan a diario las instalaciones con toneladas de basura provenientes de los suburbios urbanos y las colonias más populosas de Soyapango, Mejicanos, San Salvador, entre otros.

Paradójicamente, el mal manejo de los desechos sólidos es la única oportunidad que tiene Silvia y sus muchachos para sacar algún provecho. Ella manifiesta que en sus mejores días logra obtener entre $3 y $5, pero cuando a los empleados municipales se les da por negarles el abordaje a los niños más hábiles o los arrojan inmediatamente a la calle, no consiguen ni una lata y hace que permanezcan en la entrada al relleno hasta media noche, cuando algún camión se ha retrasado. – Nosotros recogemos churumba (botellas plásticas) por necesidad, porque no tenemos con que alimentarnos y como no estudiamos no nos dan trabajo – dice Silvia al mismo tiempo que se recoge los cabellos hacia atrás luego que uno de las camiones de la alcaldía de Soyapango ha pasado a gran velocidad levantando una nube de polvo y sin percatarse de la presencia de los pequeños a la orilla de la calle.

Silvia comenta que antes que el botadero fuera administrado por MIDES, ellos tenían la libertad de entrar y salir de entre las montañas de basura a cualquier hora del día. En cambio hoy, aguardan como centinelas hasta que ven llegar los camiones, algunos con la basura escondida dentro del armatoste de metal y en otras veces ya clasificada por los mismos empleados municipales. –Si desaparece el botadero, nosotros vamos a sufrir – manifiesta con displicencia, y agrega que –si a nosotros nos dieran la oportunidad de entrar y recolectar la basura sin decirnos nada, estaríamos mejor – No obstante, su petición le ha sido negada, tal como se le niega a quién pide el acceso a las instalaciones del relleno sanitario pues, desde las proximidades del lugar, el hedor fétido ofende tanto que permanecer ahí requiere del uso de equipo especial ya que los niveles de contaminación son altos.

A pesar que Silvia y todos sus muchachos dicen que nunca han enfermado ni por el contacto a los desechos ni por alimentarse de lo que ahí encuentran, el doctor Salvador Miranda –cirujano y catedrático de la Universidad de El Salvador – asegura que por ser lugares destinados a la basura, lógicamente existe un alto grado de contaminación por los desechos que son llevados al relleno sanitario. Al preguntársele sobre los riesgos para los pepenadores al trabajar entre desechos, él dijo que “el riesgo inminente son las enfermedades que se pueden propagar, no solo por trabajar ahí sino porque esa contaminación se esparce en las comunidades aledañas”, luego agregó “lo que más debería preocuparles (a los pepenadores) son los desechos hospitalarios, metales pesados, tóxicos e incluso elementos radioactivos que llegan al lugar”.

Por el contrario, cuando a algunos pepenadores del Catón Galera Quemada, aledaño al relleno, se les preguntó sobre los riesgos que corren al trabajar sin más protección que su ropa; todos coincidieron que no sentían temor pues desde el tiempo que llevan pepenando nunca han tenido algún accidente, salvo algunos atropellados por camiones u otros que son lanzados mientras intentan sacar material reciclable. También, y aún más alarmante, desconocen de las posibles enfermedades que potencialmente pueden ser letales, entre ellas las respiratorias. Respecto a esto, el doctor Miranda dijo que “entre las enfermedades más comunes, que son las de tipo respiratoria, intestinales y de la piel, yo diría que las más mortales e irreversibles son las respiratorias, y de ellas la más peligrosa es una fibrosis quística pues prácticamente se pierden los pulmones”.

Desde una perspectiva más allá de su labor como médico y docente, el doctor explicó que para evitar que los pepenadores caigan en riesgo, no hace falta sacarlos de sus casas o cerrar los últimos botaderos que quedan. “Un factor primordial a cambiar dentro de los botaderos es la forma en cómo estos manejan los desechos que entran a sus depósitos. Estas instituciones, y en el caso de ese relleno sanitario, no incluyen en su plan de trabajo medidas claras para proteger a los pepenadores, ni al medio ambiente y aun así se toman el atrevimiento de proclamar en los medios las maravillas que hacen, y mientras tanto la gente vive en condiciones infrahumanas a las afueras de sus instalaciones”, afirmó. Al finalizar su intervención dijo que una alternativa real es que el Gobierno y la empresa privada puedan transformar el actual sistema de manejo de desechos sólidos en tanto que al pepenador se le garantice un trabajo en plantas de compostaje, con un sueldo digno y con todos los beneficios que la ley otorga y así convertir el oficio de pepenador en un empleo rentable y dignificante como cualquier otro.

A medio día, los muchachos descansan bajo unas matas de guineo para refugiarse del sol, que a esa hora flota en lo más alto del cielo humeado por las fábricas instaladas a unos kilómetros del relleno de Nejapa. Silvia ha sacado de su casucha casi sin paredes una silla plástica para poner en reposo su cuerpo robusto y clava su mirada de color grisácea en la calle polvorienta. Sabe que a esa hora no llegará ningún camión y aunque debería estar tomando el almuerzo, la cuota de ese día no ha logrado surtir los gastos para alimentar a sus 15 muchachos. Uno de ellos está semi acostado sobre un cartón mientras escucha música desde un celular. Ha estado ahí desde que llegamos y no ha querido acercarse a los demás ni tampoco acepto un refresco que le obsequiamos. El joven tirado sobre el cartón es dueño de una mirada pesada e intimidante. Difiere mucho de la alegría de los más pequeños que juegan con unas botellas enlodadas y apestosas.

Silvia se levanta de su silla de plástico la cual sacó hace meses de un contenedor de basura. Conversa sobre sus aflicciones. Dice sentirse agotada y con dolores en la espalda y rodillas. También cuenta que en sus 4 años como pepenadora desde que perdió su trabajo en una casona, ha tenido que rogar por el alimento y en ocasiones sus vecinos la discriminan por su trabajo y por acoger a tantos menores en su casucha desarmada. –Aquí los vecinos no me los quieren, me los ultrajan y a mí me tratan de basurera. Hasta han querido echarme de aquí – dice Silvia con nostalgia al recordar que debe tres meses de alquiler del terreno donde levantó las paredes torcidas que son el único refugio para la docena de niños y jóvenes que la acompañan en la recolección de plástico, cartón, latas y botellas. Su cara se deprime más al pensar que en cualquier momento la policía llegará a sacarla o la acusarán por esconder a tantos “vagos”, como se lo han demandado en repetidas ocasiones.

Ella anhela que de un momento a otro el relleno sanitario de Nejapa se abra otra vez para todos ellos o al menos que sus administradores les construyan una fábrica de reciclaje o de compostaje para mandar a sus muchachos a trabajar y que ganen un mejor sueldo para ellos y para los pocos que todavía tiene a sus familias. No obstante, Silvia es realista y se escabulle al imaginar el día en que ella falte en ese lugar pues asegura que a sus muchachos los echaran de la zona y ya no recogerán más churumba para vender.

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Fuente:
Hernández, D., Orellana, C., Martínez, G., Mártir, O., Orantes, J. & Ortiz, H. (2011). Situación socio-económica, ambiental y de salubridad en la que laboran los pepenadores del botadero de Nejapa, San Salvador, El Salvador en el año 2011. Tesis no publicada, Instituto Emiliani, San Salvador, El Salvador.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Ha nacido el rico


Cuántas navidades, dice el señor. Cuántas navidades voy a nacer entre cuchitriles mercantiles, la oferta más barata, el sale y la famosa cachada de aquellas almas en pena que se rebuscan como zopes bajo las faldas del gran San Salvador. Cuánto más va a durar el sistema al que Ellacuría llamó con sarcasmo “A sus órdenes, mi capital”.

Y es que cada diciembre la bolsa del pobre se infla y se desinfla casi al mismo tiempo. Llega el aguinaldo, y así como llega se va, como un trozo de pastel que se reparte entre las fieras hambrientas encabezadas por el sacrosanto estreno, la pata de elefante, el chumpipe, los juguetes, los morteros y de vez en cuando se acuerdan de las deudas, el banco, los impuestos, la matrícula escolar y el ahorro en caso de emergencias.

Claro, lo último dicho es la circunstancia número novecientos mil entre todas las demás que se nos implantan en el cerebro para estas fechas. A la salvaguarda de este sistema de cosas vienen los “por siempre malditos” comerciales de la hora prime para quemarnos los ojos con sus exuberantes noches de compras, las ofertas del Super, el descuento para su carcacha, préstamos, bonos, mega bonos y súper bonos, típicos de las compañías telefónicas.

Últimamente, los treinta segundos de muerte infernal cuando se está frente a la tele se han pintado con los discursos de la partidocracia y sus “distinguidísimos e intachables” personajes que desde ya se les oye nombra como “señor presidente”. La mejor cara, los mejores deseos, sencillez y alarde de campechanos. Nada mal para quien se postula como candidato a la presidencia.

Y mientras ellos hacen su campaña con todo lo que pueden bañar en sus tintes del mal, nuestro actual “Faraón” despotrica contra todos sus opositores. Parece que a él se le olvidó que en diciembre las “magnánimas leyes de Santa Claus” dicen claramente que en diciembre hay que soñar, reír y gastar; no obstante nuestro mandatario tiene pesadillas con los empresarios del transporte público, ríe pero de su desgracia y gasta, sí, gasta, pero gasta hasta más no poder la frase “por culpa de los veinte años de ARENA” y también su nuevo y tan repetido lema que no hace falta decir.

Dejemos que ellos vivan la navidad tranquilos para no atosigarlos con la lluvia de críticas que les llegan todos los años, más hoy que se recetaron un doble salario. Felicidad y abundancia asegurada. Más bien, volvamos a la vida real, a la del común salvachuco que desde temprano comienza a preparar su humilde cena. El pavo, el chumpi pollo, la gallina, los tamales y así sucesivamente hasta llegar a los que no les alcanza para tanto.

Por todos lados se ve pasar a las matriarcas del hogar con las bolsas repletas de verduras, boquitas y las infaltables sodas. Para estos días no deberían quejarse porque se venden más que en todo el año. La misma situación pasa con las heladitas que hasta bajan de precio. A ellas no hay que agradecerles mucho, son las causantes de la locura temporal de algunos y la muerte de otros.

Como tradición en peligro de quedar en el olvido, los cohetes aún sobreviven a pesar de las decenas de niños y adultos irresponsables que se queman con su propio dinero al hacer un mal uso de la pólvora. Es un hecho que tarde o temprano el bullicio de las explosiones, el papelero y los desafortunados que son víctimas de su propia terquedad se dejarán de escuchar y de ver dentro de un par de años.

Pero ente el ajetreo, la embriagues y los spots maliciosos del sistema que nos amarran a la idea de un anciano robusto, vestido de rojo y con una risa fingida, está la verdadera razón de todo este jolgorio malversado. Aunque Santa Claus, juguetito ideológico de Coca Coca, esté por delante de nuestra celebración, la celebración de los mortales y descontaminados, la imagen de la navidad como tal lleva más de dos mil años existiendo en la mentalidad de los creyentes en un Dios más poderoso que la mundana idea de un “Santa en el polo norte”.

Esa tierna imagen tiene cara de niño, de un bebé que reinará en un mundo gobernado por las hegemonías y las élites represivas. Ese niño que nace a la media noche de hoy es el fin único de este día de festejo, que más que un día de consumismo, cumbias y excesos, debería ser un día familiar, el día en que el niño Rey nace en todos nosotros.

No pretendo sermonear ni dar de golpes de conciencia a ustedes que quizá se han olvidado de la verdad y la han engavetado tal y como se los ordenó el sistema. No pretendo invitarlos a un templo que puede tener más vida que la suya propia ni tampoco repetir incansablemente de donde viene la navidad. Solo pretendo algo sencillo, recordar. Hacerle memoria de quién quiere que nazca hoy en su interior, el niño soberbio, egocentrista, engendro de la brutalidad del hombre contaminado o el niño de los cielos, el hijo de Dios vivo, el salvador del mundo.

La realidad es que hoy, para la mayoría, nace el niño rico, y sin satanizar a la clase alta, solo para contrastar la idea de una navidad donde reina el capital y aquella donde Jesús va a la cabeza. Por eso la pregunta nuevamente: cuándo nacerá Jesús en la puerta de nuestras casas, cuándo lo invitaremos a cenar y, no menos importante, cuánto tiempo más permitiremos que este sistema de cosas convierta en paganismo la fiesta del natalicio del Dios hijo.