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domingo, 26 de agosto de 2012

Entre pinos y verdades

Para esta ocasión he retomado dos de los trabajos periodísticos publicados en la edición 216 de Séptimo Sentido con el fin de descifrar un factor común en ambos: la violación de los derechos a la vida y la libertad de expresión. Sigfredo Ramírez y César Fagoaga presentaron dos historias llenas de impunidad, olvido y apatía de parte de las autoridades competentes. La pregunta al final de cada una es ¿Por qué? Por qué se debe tolerar tanto abuso, marginación y corrupción. Por qué alguien más debe decidir sobre el tiempo en que vivimos, por lo que decimos o tratamos de mostrar. La injusticia es parte de estos relatos, no obstante, esta no debe ser una simple explicación sino mas bien un motivo de alarma, sobre todo para quienes creen en la labor periodística, para los que defendemos el poder de la palabra, no de los medios masivos y hegemónicos.


Link de acceso a la crónica y reportaje - Séptimo Sentido - La Prensa Gráfica


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Las leyes de la naturaleza nos dictan que en la vida salvaje hay un depredador y una presa, un cazador y un cazado, un victimario y una víctima. Esos cánones primitivos no excluye a los seres humanos pues basta con ver a nuestro alrededor para darnos cuenta que las opciones se reducen a dos: vivir o morir.

En muchas ocasiones decidir qué camino tomar no recae sobre nosotros sino en terceros, cuartos o quintos, según sea el caso, privándonos así de todo derecho, y por qué no decir del principal: el derecho a la vida. No menos importante en la lista de violaciones descaradas y arbitrarias encontramos el derecho a la libertad de expresión. Podría decirse que es acá donde comienza todo un proceso de abusos, reclutamiento psicológico y censura generalizada, que de no ser acatada, termina cobrando factura en algún prójimo mártir de la verdad y defensor de las libertades.

La crónica y el reportaje de los periodistas de Séptimo Sentido comparten esta línea fotocopiada de cualquier otra sociedad latinoamericana, mundana y corrupta. Por un lado está la lucha de los olvidados y sin patria de Rancho Quemado (El Salvador) y Nahuterique (Honduras). Una lucha contra la pobreza y el desamparo tanto de las autoridades hondureñas como salvadoreñas luego de la disputa geográfica por los bolsones (Morazán). Hoy, nada ha cambiado en esas comunidades, excepto porque el contrabando de madera se hace bajo la amenaza del Comando Sumpul quienes ya han asesinado a dos hombres en la disputa por frenar el paso de madera por puntos ciegos.

La otra cara de la moneda son los asesinatos de periodistas y comunicadores en Honduras y México aunque, más allá de una simple denuncia, el tema central gira entorno a la impunidad, la deficiencia judicial en ambos países y las travesías inminentemente mortales en la que estos profesionales laboran a diario. Leyes desfasadas, promesas falsas e ilusas y protestas infructíferas resultan vanas al ver como el número de muertes por el ejercicio periodístico asciende, así como las amenazas y los atentados amedrentadores.

En ninguno de los casos, tanto los que sobreviven del contrabando como los que mueren por su profesión, cuentan con la oportunidad de decidir sobre sus vidas. Viven en un limbo donde el único futuro quizá sea el día de hoy pues mañana no sabrán si su cuerpo descansará en la morgue o desaparecerá en la corrupción de los infames grupos de poder. Los que se quedan no les resta más que correr, callar y llorar al que partió sin siquiera pedirlo.

En el corazón de estos fenómenos subyacen otros como (en el caso del contrabando de madera) la deforestación y explotación de los recursos naturales tan escasos y raquíticos acá en nuestro país. Por otro lado está el miedo, una herramienta psicológica que obliga a cualquiera a agachar la cabeza, tragarse las denuncias y proclamaciones heroicas que en estos tiempos son una firma de muerte indeleble.

Ese es el panorama. Mientras unos mueren en su diaria lucha por vivir, otros viven con la sensación de que la muerte los acosa en todo momento. ¿Y quién se encargará de los derechos de estos dos grupos? ¿Acaso no son dignos de protección e igualdad? Los pobres apiñados a una montaña pelona viven del delito, pero subsisten porque no hay de otra, y los redactores de la realidad mueren por sus letras, mueren por la verdad, por la desconocida verdad. Ojala que cuando los leñadores se acaben los pinos de Nahuaterique aun queden periodistas sembrados en los medios, o por lo menos algunos para seguir reproduciendo los sucesos que nadie ve, que nadie oye, debido al control de las hegemonías, a la desfachatez de los “intocables”.

viernes, 24 de agosto de 2012

Poeta de la Habana, Cusca

R. Castrorrivas al centro. A su izquierda Roger Lindo y Roberto Laínez
Como el típico salvachuco ignorante, al oír el nombre de Ricardo Castrorrivas, simplemente se me nubló la memoria al no tener referente alguno. Su nombre me vino de golpe en una invitación de la DPI (Dirección de Publicaciones e Impresiones) la cual hacía reseña a la presentación de una obra de su autoría titulada “Teoría para lograr la inmortalidad y otras teorías”. De tal manera que, antes de entrar a lo desconocido, preferí escudriñar lo poco que hay en internet acerca de este poeta salvadoreño.

Ricardo vio por primera vez la luz desbaratada de este mundo y respiró de nuestro aire (que en aquellos tiempos olía a finca) el 19 de septiembre de 1938. Desde temprana edad mostró talento en la escritura. “En tercer grado ya había ganado su primer premio literario. Como narrador es muy creativo y original. Escribe cuentos mágicos, oníricos y sociales muy impactantes, y se le distingue como verdadero maestro de la narrativa salvadoreña". (http://www.poemaspoetas.com/ricardo-castrorrivas)

Castrorrivas fue uno de los miembros fundadores del grupo de poetas llamados Piedra y Siglo del cual también forman parte Julio Iraheta Santos, Luis Melgar Brizuela, Rafael Mendoza, Ovidio Villafuerte y otros más que ya fallecieron. En 2007 se reunieron cuatro de ellos con motivo de su cuadragésimo aniversario desde su aparición en 1967. En la actualidad, los de Piedra y Siglo ya cuentan 45 años de existencia, versos, poemas y una lista enriquecida por la imaginación de escultores de la palabra.

Luego de ver un poco su carta de presentación, puedo ahondar en lo que fue la ceremonia en honor a su obra la cual no era ni inédita de tampoco de tinta fresca, mas bien era la segunda edición de una obra publicada en el año de 1972. Mi vergüenza se hace más grande al saber que después de tanto tiempo vine a conocer un trabajo literario de alguien con calidad y, sobre todo, de sangre cuscatleca. No me volveré a dar el lujo de decir que en nuestro país no hay madera literaria que quede viva.

De camino al MUNA (Museo Nacional de Antropología David J. Guzmán) pensaba en la última pero primera vez que asistí a una presentación, que por cierto fue la del libro “Los Poetas del Mal” de Manlio Argueta. Aunque mi concentración era evidente, no pude pasar por alto la discusión de una pareja de jóvenes adultos quienes, sin ningún disimulo y frente al precipicio de la fétida quebrada que pasa a un lado del museo, se acusaban de manera amenazante, al borde de fulminarse con la mirada. Eso me hizo ver una especie de espejo conductual pues venía de ser yo el protagonista de una escena melodramática pero sin llantos, cosa que sí sucedió con la joven en cuestión de segundos.

Pasado ese desaire emocional, llegué al MUNA a tiempo, o mejor dicho antes de tiempo. Había poca afluencia y así se mantuvo hasta el final en comparación con el último de los eventos de este tipo ya antes mencionado. Sin esperar más me dirigí a la mesa en donde promocionaban el libro que apenas sobrepasa las 100 páginas. Su precio no representaba una gran inversión y valía la pena. Una obra de tamaño un tanto pequeño y con una portada de esas inspiradas en el atardecer, cuando el sol cae a las espaldas de las montañas. Quizá fui el segundo en adquirir el ejemplar pero, tal como me ocurrió la primera vez, me quedé con las intenciones de llevarme a casa otro libro gracias a mi ajustado presupuesto.

Al tener que conformarme, no me quedó de otra que mirar los posibles candidatos para que en una próxima invitación puedan acompañarme a casa. Mientras tanto, inicié la lectura del pequeño libro de microcuentos, como los llama el propio autor al inicio. Minutos más tarde dio inicio el acto con las palabras de Roger Lindo, director de la DPI y a continuación se abrió el paso al comentario de Roberto Laínez. Este último es un escritor que manifestó haberse enamorado de Teoría (nombre abreviado de la obra) desde sus quince años. Su comentario fue, más que un enfoque académico, una muestra poética de lo que dicha obra le generó en aquel tiempo y lo que hoy siente desde un punto de vista más maduro.

La lectura de Roberto conmovió a los que estábamos presentes de principio a fin, y como no hacerlo si en varias oportunidades dijo –Leer esta obra fue como un proceso de enamoramiento-. Al mismo tiempo, definió al arte literario no como un arte sino como el oficio de las letras. Cuando finalizó se podía percibir la emoción en sus ojos y en la tonalidad de su voz melódica que se entrecortó en el punto culmine de su comentario.

Posteriormente, llegó el turno de Ricardo Castrorrivas quien catalogó de entrada a Claudia Lars como su madrina en el sentido del rol que jugó su legado artístico en la formación de su talento en la poesía. También recordó a uno de sus compañeros de grupo por ser el padrino de la primera edición y a Roberto Laínez por ser el nuevo padrino en la edición actual.

Antes de dar paso a la firma de sus ejemplares, Castrorrivas recordó algunas de sus obras como Ciudades del amor, Las cabezas infinitas y Zaccabé-Uxtlá entre otras. Pero, dentro de esta nueva edición de Teoría, dio lectura a varios de sus cuentos, sin embargo, hay uno muy peculiar que citaré a continuación:

              Brevedad del cuento

              Esto pasó hace un millón de años. 
                                                               Uk tomó
a su hijo de la mano; señalole la luna y emitió un gruñido…

A pesar que me fue difícil entenderlo, nunca previne el final cuando ni siquiera pensé que había iniciado el cuento (no por nada se titula así). Castrorrivas fue muy elocuente, dejó en el cajón sus años de más y mostró el espíritu de las letras inmortalizadas en el papel para la eternidad. Lo de poeta no se lo quita ni las arrugas pues su mente parece lúcida, como si la estuviera usando por vez primera. Como frase a sus lectores dijo –Espero den la batalla leyéndolo-. Descifraré su advertencia una vez me envuelva en sus oraciones fantásticas.

Con eso concluyó la presentación y era el momento de la firma de los ejemplares. Mediante pasaban los asistentes, la cámara de un noticiero perteneciente al tríptico fatalista enfocaba hacia la mesa donde Ricardo dejaba grabado su nombre con una letra colocha bastante peculiar. Mi turno llegó y le di mi nombre a efectos de dedicatoria. Agradecido y satisfecho le dejé seguir con su plana de autógrafos, que por cierto fueron muchos.

Claro que no podía marcharme sin antes probar los bocadillos cortesía de la casa. Tomé asiento un rato y comencé a meditar sobre mi posición frente a los demás ahí presentes. La mayoría con un estilo bohemio muy bien tallado en sus rostros y sus vestimentas, con semblante de estudiosos, lectores de tiempo pleno y escritores de buenos textos. Sin querer me estaba flagelando el alma de escritor desconocido que guardo con recelo debido al temor de declarar mi pasión por las letras.

Y un golpe más al subconsciente, pues aparte de sentirme como el gato más gato entre los asistentes, me sentía huérfano de herramientas para ofrecerles algo mejor a ustedes, mi reservado público. Querer presentar una nota sin poseer una cámara digna, conocimientos previos y sobre todo reputación otorgada por un empleo de periodista acreditado, me limitó a observar como los demás sacaban fotos y el del noticiero fastidioso le preguntaba por una obra que, al igual que mí, jamás la había escuchado (con la diferencia que yo ahora la podré leer y él ni siquiera la compró).

En fin, que se puede esperar de un primerizo como yo. Aún soy prematuro es estas tierras, no obstante, de a poco estoy aprendiendo. Y para no terminar llorando de pena por mis desgracias y limitantes, emprendí el camino hacía el hoyo marginal de donde salí, a unos pasos del museo que colinda con la asquerosa quebrada de la cual soy vecino desde que tengo memoria.

 A pesar de todo, estos pequeños espacios que busco para cultivarme de conocimientos en literatura nacional y transmitírselos a ustedes, terminan siendo una base experimental en el largo camino que me espera. Un bonito ensayo que me pone en contacto con los que ya tejieron su historia gracias a los versos del corazón, esas grandes obras que vuelan más allá de nuestras fronteras como colonos conquistando el nuevo mundo. Y si Ricardo Castrorrivas, denominado poeta de la Habana Cusca por Otoniel Guevara, pudo romper las cadenas de su época, por qué no cortar las cadenas del presente tan desfavorable para los escritores, por qué no soñar con un público salvachuco lector y analítico, por qué no ser inmortal como el cuento, inmortal como la palabra, inmortal y teórico de los mortales de este tiempo.

martes, 21 de agosto de 2012

Cansado de versar sapos


¡Que hermosa es la literatura! Estéticamente de buena complexión, audible en el umbral de la palabra hasta llegar a los albores convergentes del todo que no es más que nada. Así de confusa es la verdad, así de labradas son sus líneas entre líneas que se borran en el camino del mejor ideal gramático.

¡Pero que difícil es lograr la aceptación!, que alguien se acomode en su asiento, coja postura reflexiva y se deje someter a las letras ajenas, a los pensamientos cósmicos de un mundo diferente y con percepciones antagónicas. Convencerte, ardua tarea antes de pensar en el mejor título, los disparates, las frases y los golpes de conciencia.

¡Me amarás por siempre!, no, mejor sería ¿me amarás por siempre? Tan recordable serán los fonemas dibujados en el papel para que se queden en adopción dentro de tu mente. Es una pregunta que el tiempo la responde, aunque de mis manías depende que te enamores o me excomulgues. Lo seguro es que todo se ira apiñando en un baúl que puede ser el basurero o el cajón de los textos invaluables.

Y al final, cuando mi mano derecha caiga para descansar de manera indefinida, ¿me leerás? A lo mejor seré citado en un libro o en algún insulto refinado de los intelectuales perfeccionistas, no obstante, preferiría ser tomado en cuenta en la historia de las artes, en los laureles literarios o en el paredón de los mártires.

¡No quiero morir sin conquistarte! La peor muerte es la que llega estando vivo, la que arrastra con ilusiones incompletas, una muerte sin velorio ni epitafio. El mayor de los desastres para un costurero de oraciones es ser asesinado por el fracaso de sus diseños, por la mala calidad de sus hileras y el disgusto al ver que sus modelos no venden ni al 100 por 1.

¡Cansado de versar sapos!, de parir ideas tramposas y escupir el mismo cuento de pajaritos y arco iris. La literatura es poder para el alma, libertad para el oprimido, voz para los que callan y sangre de vida para los devotos a seguir el camino del escritor empedernido. No más ligerezas ni falsas creativas, alto a las replicas y las imitaciones del pasado. Mi mundo es lo que nadie imagina, nuestro mundo se concibe en las manos milagrosas de una Virgen de la grafía.

domingo, 19 de agosto de 2012

Erase una vez en las trochas de Cuscatlán

En la edición 215 de Séptimo Sentido, Carlos Chávez nos conduce en la ruta del último tren que funciona en nuestro país y recorre las apiñadas vías entre champas y recuerdos de sus dos y únicos maquinistas. Esta fue, más que una crónica, un cuento tan creíble como fantástico en donde las antiguas vías son el hilo conductor de la memoria de muchos lectores quienes, al pasar su vista sobre el relato, trajeron a sus cabezas el recuerdo latente de aquellos años cuando los rieles rechinaban y el silbato era el llamado para abordar un viaje de cafetales, montañas y puentes aéreos.


Link de acceso a la crónica - Séptimo Sentido - La Prensa Grafica 

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Su historia recorre más kilómetros que los últimos 13 que aún se deslizan desde San Salvador hasta Apopa. Durmió por muchos años encerrado en un sarcófago emulando a los faraones milenarios del antiguo Egipto, con la diferencia que sus rieles volvieron a la vida milagrosamente cuando parecían destinados a la corrosión, al olvido o al reciclaje.

La crónica de Carlos Chávez trae envuelta toda una tradición ferroviaria que mas parece un cuento fantástico de los años dorados de estas maquinas las cuales sustituyeron el carbón por el diesel. Lo que hace de este relato una buena propuesta literaria es su recorrido entre comunidades marginales refundidas en el hoyo maldito de la pobreza, esa que acompaña a los salvadoreños desde antes que estos gusanos de hierro aparecieran en 1882.

La postmodernidad nos cargó de avances que facilitaron la movilización de bienes materiales y agilizó el transporte de pasajeros pasando de carretas haladas por bueyes a autobuses conducidos por irresponsables (mejor conocidos como conductores temerarios). Podría jurar que los bueyes sabían muy bien lo que hacían pues jamás he escuchado que uno de ellos fuera a excesiva velocidad arrojando a sus pasajeros al abismo o colisionando de frente con otro de su misma especie. Bueno, talvez las comparaciones no caben, pero los resultados son claros: los bueyes pasan el alcotest y las demás bestias sin licencia huyen luego de destripar, arrastrar y estrellar en el pavimento a unos cuantos prójimos.

Sin embargo, como lo cuentan los dos maquinistas de la locomotora, Carlos Villeda y Rafael Aguilar, los accidentes son escasos desde que se reactivó la pequeña línea superviviente a la demografía urbana que crece como pasto verde en época primaveral. No obstante, los percances son un peligro continuo debido a que las champas se cierran tanto sobre las líneas férreas que es cuestión de pulso y fortuna para no arrasar con toda esa hojalatería.

Este par de hombres antes mencionados son tan únicos en nuestra tierra del café marchito que no cabe duda ponerlos en la lista de conductores ferrocarrileros donde únicamente se leen sus nombres. Y así como es de escaso su oficio de capitanes sobre rieles, también lo es acumular pasajeros en sus cuatro vagones con capacidad para casi un centenar de personas. Aparte de vieja, la triste locomotora resucitada no causa más que lástima, ruido e incomodidad para los vecinos de las líneas tatuadas en el tierrero mundano de Cuscatlán.

A todo esto me surge el deseo de abordarla por primera vez antes que la vuelvan a tirar junto con las demás que quizá nunca regresarán a la alineación que ocupaban antes. Por otro lado, imagino como sería nuestra capital si en lugar de carreteras de asfalto, cráteres y cárcavas que parecen entradas al infierno tuviéramos paralelos con rutas iguales a las que hacen los del transporte colectivo. No más emisiones de gases contaminantes, ni peleas entre quién llegará primero a la parada o quién evadirá con las puertas cerradas a los de Transito y así salvarse de una 57.14.

Un verdadero mundo utópico y una masacre para los empresarios magnates en negocios, sobre todo con el gobierno quien los mantiene por “pura misericordia”. Sería mucho pedir el querer ver desfilar a estas joyas históricas, longevas pero más seguras que los microbuses de estéreo estruendoso en los que hoy viajamos. Y a todo esto, no nos olvidemos de la fabulosa idea de nuestro célebre alcalde quien propuso el proyecto del Metrobus como opción perfecta para mandar al carajo a los humildes vendedores que no tenían mejor oficina que las aceras y calles del Centro Histórico.

Mejor hay que conformarnos con imaginarlo en sus largos trayectos desde el Puerto de Acajutla hasta el de La Libertad, de Sonsonate a la capital y de ahí a cualquier otro destino del interior. Aquellos años mozos donde su aviso ensordecía a los que esperaban abordarlo en las terminales y luego refrescaba a su paso entre sembradillos, puentes y vistas impresionantes. Sin duda, todo eso ya acabó y no volverá a repetirse, al menos en la realidad, pero en nuestras cabezas (sobre todo de quienes lo vieron pasar), el tren de Cuscatlán seguirá extendiendo sus vías hasta donde la memoria y la imaginación lleguen.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Cortometraje


Habiendo tanto de que hablar para un día como hoy en nuestro Valle de las hamacas y Burdel de los políticos, mejor me inclino a dejarme llevar por la brújula de mis ojos y lo que ellos logran capturar en mi regreso a casa. Mis ideas eran escasas desde que comenzó esta semana, a pesar que han estado ocurriendo sucesos que bien valdrían la pena traerlos al lenguaje escrito. Sin embargo, no siempre las ideas grandes triunfan cuando los sentidos se posan en pequeñeces cotidianas y poco llamativas.

El golpe motivacional que necesitaba me vino al abordar el autobús en las afueras de la universidad a la que asisto. Faltaba mas de media hora para que el reloj marcara el mediodía, el ambiente cálido no era tan agobiante, hasta parecía amistoso. La falta de espacios libres me hizo quedarme de pie a la mitad de la caja de metal en la que me transportaba. De ahí no me moví hasta llegar a mi destino pues habían encontrado lo que buscaba.

Dos asientos era la distancia que separaba mis ojos de los de una joven de cabello teñido en color rojo vino que vestía una blusa a cuadros azul con gris. En el estéreo ruidoso del autobús sonaba un mix bachatero de un grupo que ya no es más, salvo sus canciones que definen un beso en tres palabras muy abstractas e insinuantes. La joven perdió su mirada en el vidrio de la ventana dejando ver cuatro grandes botones bajo un discreto escote de cuello pronunciado tipo uve. Sus manos, adornadas con una pulsera de espiral azul, se estrechaban juntándose y aprisionando suavemente el vientre como en actitud de meditación.

Sus ojos no se inmutaban, seguía como en trance, como si recordara momentos lejanos o quizá próximos. Su rostro trigueño expresaba aflicción, nostalgia y fragilidad. Talvez sea por la limpieza de su cutis que no mostraba maquillaje, excepto en los contornos de los ojos, pero aun así su semblante lucía natural y conmovedor. Me envicié tanto en la imagen de aquella joven que dejé de seguir el ritmo de la percusión de las canciones que llenaban el espacio metálico y tambaleante con vibraciones hipersensibles.

La analicé tanto como pude. Su uñas pulcras y sin tinte, cabello atrapado en una cola azul negro poco distinguible y unas cejas tenues sin rastros de depilación. Me preguntaba en mis adentros qué era lo que recordaba o sentía. Acaso la música le trajo a la memoria recuerdos nada acogedores, será que simplemente se recostó sobre la ventana para desear llegar a alguna parte, pensaba en alguien o en absolutamente nada. Qué pasaba por su conciencia en esos largos minutos que la observé al compás de pequeñas interrupciones. Anhelaba descifrar el misterio que la envolvía y que ella leyera mis constantes inspecciones por aquello de los malos entendidos.

A pocas cuadras para que yo bajase del autobús sonrió varias veces. Una de ellas lo hizo como si su mente hubiese llegado a alguna nota curiosa, pero las siguientes ocasiones fueron en mi dirección. No me daba temor que descubriera mis intenciones de convertir la experiencia de verla en palabras vivas, aunque sí sentía pena de que se diera cuenta y lo tomara como un gesto gratificante y luego se molestara o se tornara en una competencia de miradas coquetas.

Por una parte no sería tan malo, no obstante, mis ojos guardan fidelidad a otro par de ojos que penetran hasta lo más profundo de mí. Por tal motivo prescindía de verla cuando volteaba hacía donde yo me encontraba. En un par de ocasiones logró apuntar su vista para colgarla sobre la mía lo cual me acobardó. No fui lo suficientemente valiente para dejarle ir una sonrisa pues no vaya ser que diera un paso en falso y terminara en otra cosa. La verdad yo nada más tenía la curiosidad de saber por qué de esa expresión inmortalizada como la de una escultura de mármol.

Si la oportunidad hubiese llegado, le habría confesado el propósito de mi diagnostico visual. De seguro no creería que todo era por simple instinto poético de escritor que busca historias en cualquier sitio, en cualquier rostro, donde sea y a la hora en que se le despierte el ánimo inspirador. Sería más interesante haberle dicho que pasaría a ser una de mis anécdotas gráficas y que estaría ilustrada en un pequeño escrito de un Don nadie que se dedica a nada por nada.

En fin, el bús arribó a la parada en la cual debía detenerse. Bajé sin la respuesta a la gran interrogante que me acompañó en los quince minutos de demora hasta ahí. Ella siguió su camino hacia no sé donde sin tener ni siquiera una mínima idea que luego estaría hablando de su cara congelada, emotiva y acongojada que reposó en el panel de la ventana apuntando al vacío y depositando en mí un glosario de preguntas, una maraña de intrigas que luego formarían una historia sin importancia, sin trascendencia, tal como la vida y obra de un escritor profeta de tierras ajenas.

lunes, 13 de agosto de 2012

Puta vieja

Para este fin de semana Glenda Girón, la editora de Séptimo Sentido, nos trae un caso muy sonado por los medios sobre una joven que fue acusada de homicidio en grado de tentativa en contra de su hijo recién nacido. Este relato va más allá del escándalo creado por los medios y escudriña los motivos por los cuales ella intentó cometer este delito del que se le acusa. También, dentro de la crónica, se desarrolla un juego entre la culpabilidad y la dignidad de mujer y madre oprimida. Su experiencia se combina con la de otras dos mujeres que tratan de quitarse el estigma de madres asesinas pues las leyes las desfavorecen tal como la sociedad entera denigra al sexo femenino en todo ámbito en que ellas se establecen.


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Para nombrar a las madres hay que estar o en su día sacrosanto o de mal humor. Así se dividen los dos tipos de invocaciones maternas. – Feliz día, madre - o – hijue tu madre; hijue puta; puta madre; tu madre… - Es fácil llamarlas por su profesión que no tiene escuela, preparación o manual integrado a sus hormonas, coquetería y dotes feministas. Aunque, en la práctica, no es nada fácil ser madre pues, en nuestro país, parece una condena, la cruz más grande y pesada.

El salvachuco, enteramente masculino, entiende por madre aquella que lo parió, su nana, la jefa, la vieja, la como jode, la maitra. Pero si en lugar de madre decimos mujer, las percepciones varían drásticamente: la cualquiera, la chambrosa, la inútil, la sirvienta, la infiel, la puta más puta y con cifras extra numéricas. Ese dogma tradicional que nuestra cultura ocupa para definir a una mujer y madre persiste pues, en una sociedad patriarcal, las puertas se cierran para ellas, las que siempre han ido detrás del hombre como si fuera cierto lo del “sexo débil”.

El título que Glenda Girón le adjudicó a la crónica que patentó difiere con el que yo presento en esta pequeña reflexión por muchas razones. La más destacada, según mi visión, es que el caso de Silvia Jiménez, Karina Clímaco y Sonia Tábora a cualquiera indigna de manera superficial. Sin embargo, pocos alcanzan a descifrar lo que llevó a estas mujeres a optar por una decisión tan extrema o quizá confusa y malinterpretada. Más indignante es entonces condenarlas sin ser empáticos en sus situaciones y simplemente llamarlas inhumanas, crueles, sádicas y asesinas.

Una mujer en plenas facultades psicológicas, económicas, físicas y cognitivas no se atrevería a deshacerse de su propio hijo sin razones justificables (ante todo, ninguna razón sería totalmente justa o válida). No obstante, qué pasa cuando a la labor de madre le agregamos que la concepción fue producto de una depravada violación, que la madre a penas y rebaza la adolescencia, es pobre, desempleada, sin educación, violentada por su familia y, dentro de la misma, existe un record tradicional de mujeres que han sido madres con hijos desconocidos por sus progenitores.

La realidad para estas tres mujeres coincide con las anteriores características, pero nadie quiere ver su historia personal para encontrar una respuesta concreta a lo que hicieron y se aferran a la idea que ellas no son merecedoras del milagro de la vida. Ni mis palabras ni la crónica presentada como base piden consideración por las mujeres acusadas ni tampoco están tratando de esconder la verdad, mas bien, se trata de ver la espalda de estos casos, lo que los medios de nota roja y escandalosa publican irresponsablemente para ganar audiencia sedienta de “casos insólitos”.

Así fue como se conoció el caso de Silvia Jiménez el cual fue relatado en uno de los noticieros flamantemente autodeclarados “The number one” gracias a las exitosas notas como “Llantos de ayuda”, “Reportajes espectaculares” y “Casos espeluznantes” con los que han llegado al top ten de los noticieros en horario prime. Recuerdo ese día en que uno de los idolatrados reporteros de apellido Arana usaba su tono de voz macabra para decirle al pueblo que estaba frente al mismísimo demonio. Al preguntarle a Silvia de lo sucedido, ella no sabía como explicar lo que había pasado. Pero, con lo profesional que es este señor reportero, él se encargó de explicarles a los televidentes en pocas palabras que ella era una desgraciada, enferma, inconsciente y desquiciada mujer que intentó matar a su recién nacido.

Claro, como poner en duda las palabras de los “Number one” si ellos muestran la realidad más doliente y veraz. Al final, la gente que vio esa nota compró la idea que Silvia era una loca sin corazón, una Puta vieja, o al revés, aunque prefiero dejarlo así para hacer alusión a una obra de Melitón Barba que lleva el mismo nombre. Incluso, debo aceptar que yo fui uno de los que creyó en la imagen miserable que los medios dieron de Silvia, la que quiso enterrar vivo a su hijo. Ahora, gracias a las investigaciones de la revista, he neutralizado esos pensamientos y el sinsabor de aquel día pues, viendo los indicios del caso, hay más preguntas que una verdad segura.

Luego de un poco más de un mes, Silvia sigue siendo procesada por el delito de homicidio agravado en grado de tentativa y su pequeño está resguardado, o mejor dicho, enjaulado en el ISNA. Ella ha dicho escasas palabras, no tiene la firmeza ni el carácter para defenderse siendo esto muestra del maltrato que de seguro ha recibido a lo largo de sus 18 años. Con todo esto no puedo dejar de pensar en las mujeres que conozco, que me rodean y que amo de sobremanera. Me hago cuestionamientos sobre si ellas hicieran lo mismo estando en la situación de Silvia o las otras dos mujeres acusadas de abandono y asesinato.

Lo cierto en todo esto es que hasta en las leyes y procesos judiciales se ve marcadamente la desventaja en la que se encuentran las mujeres, y para agregarle un adjetivo, las mujeres pobres y humildes. ¿Por qué tanta disparidad? ¿Por qué tanto abuso? Y ¿Por qué hay tantos hombres con espíritu machista-patriarcal que aplastan los derechos de las mujeres? Y cuando hablo de sus derechos y el respeto que merecen no puedo evitar citar ejemplos tan comunes en nuestra cultura de hombres promiscuos y de mente banal. Palabras sueltas que se escuchan en la calle como – mami, pero que rico lo tiene – o – que tetas mi amor, préstemelas – y - amor, que nalgas más buenas – y otros tantos adefesios putrefactos que salen como serpientes de la boca y la irreverente imaginación masculina.

Esa es la cultura muy bien aprendida de nuestros salvachucos en cualquier lugar o rincón de este cajón en el que vivimos. A la mujer no se le respeta en la calle, en el trabajo, en la propia vivienda y para variar, ni las leyes se atreven a defenderlas como sí lo harían con cualquier hombre, así se tratase de un extorsionista, un ladrón, un homicida, un narcotraficante, un estafador o de esos megadepredadores del Politburó que hacen y deshacen a placer y a boca de jarro.

¿Y así pretendemos lograr una democracia inclusiva? Nuestro pueblo se está marchitando, está desterrando a las flores que nos dan la vida, al mismo tiempo que las utilizan como esclavas sexuales o para cualquier otro tipo de aberraciones. Lo que les sucedió a las tres mujeres del relato de Glenda es el resultado de décadas de opresión femenina, de encierro y privación inhumana de sus derechos básicos. Ellas también son víctimas de la tradición “Teopatriarcal” y autoritaria en la que se desarrolla la vida en la mayoría de familias salvadoreñas. Las esperanzas de una equidad imparcial entre hombres y mujeres está lejos de ser un hecho, mientras tanto, las mujeres ya sea niñas, jóvenes, adultas y ancianas seguirán siendo las “hijas de puta” de este Estado que, como buen ejemplo de padre salvachuco, nos ha dejado huérfanos.